Salir de vínculos donde ha habido maltrato: cuando el cuerpo aprende a sobrevivir dentro del amor

Hace tiempo que no escribía por aquí. Y quizá tiene sentido volver trayendo algo que últimamente estamos trabajando mucho en consulta y que, además, estamos empezando a pensar también como una línea de acompañamiento más especializada: los procesos de salida, recuperación y reconstrucción después de vínculos donde ha habido maltrato.

No hablo solo de “dejar una relación”. Ojalá fuera tan sencillo. Hablo de todo lo que ocurre antes, durante y después de poder nombrar que ahí había daño. Hablo de esa fase en la que una persona todavía no puede irse, pero ya no puede seguir igual. De ese momento en el que algo dentro empieza a romperse, no porque la persona sea débil, sino porque el sistema que había construido para sostener ese vínculo ya no alcanza. Hablo de cuerpos agotados de adaptarse, de mentes intentando justificar lo injustificable, de personas que han vivido durante mucho tiempo midiendo el clima emocional del otro para poder estar en el mundo.

Y creo que lo primero que necesitamos hacer es salir de la pregunta fácil.

“¿Por qué no se va?” es una pregunta que muchas veces no entiende el fenómeno. No entiende el miedo, la dependencia, la esperanza, el vínculo traumático, la culpa, la indefensión, la disociación ni la forma en la que el maltrato va ocupando el espacio interno hasta que una deja de preguntarse “qué siento yo” y empieza a vivir desde “cómo está hoy la otra persona”.

Porque muchas veces no se permanece en esos vínculos porque no se vea nada. A veces se ve, pero se ve a ratos. A veces se entiende, pero enseguida aparece una defensa que lo cubre. A veces se sabe que algo duele, pero todavía no se puede sostener la consecuencia de saberlo del todo. Y esto, en clínica, es muy importante. La conciencia no aparece de golpe. La realidad no siempre se integra de una vez. Hay verdades que, si entran demasiado rápido, desorganizan. Por eso el psiquismo hace lo que puede: filtra, minimiza, idealiza, justifica, desconecta, espera.

No como un error. Como una forma de supervivencia.

En estos vínculos suelen aparecer defensas muy complejas. La culpa vincular, por ejemplo. Esa sensación de que si me voy destruyo algo, abandono a alguien, fallo, soy mala, no he tenido suficiente paciencia, no he entendido suficiente, no he acompañado suficiente. Como si protegerme implicara automáticamente hacer daño. Como si poner un límite me convirtiera en la agresora de la historia.

También aparece la idealización. Y aquí hay que ser muy cuidadosas, porque no se idealiza desde la ingenuidad. Muchas veces se idealiza porque hubo momentos buenos, porque al inicio hubo presencia, intensidad, promesa, cuidado, deseo, futuro. Y la mente se agarra a esos momentos como quien se agarra a una prueba de que aquello puede volver. “Él también puede ser así”. “Ella no siempre es así”. “Cuando está bien, estamos muy bien”. Y esa parte buena, aunque sea cada vez más pequeña, sostiene una esperanza enorme.

Aparece también la disociación. Personas que cuentan escenas durísimas casi sin emoción, como si hablaran de algo ajeno. Personas que no recuerdan bien, que dudan de si fue tan grave, que se escuchan a sí mismas y se preguntan si quizá están exagerando. Esto no ocurre porque inventen o porque manipulen la realidad. Ocurre porque, cuando algo es demasiado, el cuerpo a veces separa. Separa el relato de la emoción. Separa la cabeza del impacto. Separa la vida cotidiana de aquello que, si se sintiera entero, quizá sería insoportable.

Y aparece la inhibición de la rabia. Esto lo veo mucho. Mujeres que pueden entenderlo todo, explicarlo todo, sostenerlo todo, pero no pueden enfadarse. O si se enfadan, enseguida aparece culpa. Porque la rabia ha sido peligrosa, porque poner límite tuvo consecuencias, porque protestar abrió más conflicto, porque defenderse fue leído como ataque. Entonces la rabia se queda sin sitio. Y cuando una emoción tan importante no tiene sitio, no desaparece: se vuelve ansiedad, bloqueo, agotamiento, tristeza, síntomas, cuerpo.

También aparece la desconexión del dolor. Una deja de registrar cuánto se está apagando. Cuánto se está adaptando. Cuánto se está yendo de sí misma para poder permanecer ahí. Y esto tiene algo muy duro: muchas veces la persona se da cuenta tarde no porque no haya señales, sino porque aprendió a no escucharlas. El cuerpo avisaba, pero la vida dentro del vínculo exigía otra cosa: seguir, calmar, anticipar, compensar, no molestar, no activar, no romper.

La pena, la justificación y la hiperempatía también ocupan un lugar enorme. “Es que ha sufrido mucho”. “Es que su infancia fue muy dura”. “Es que no sabe hacerlo de otra manera”. “Es que cuando se desregula no es él”. “Es que también tiene una herida”.

Y seguramente muchas de esas frases contienen verdad. Esto es lo complejo. Que una persona pueda tener una herida no significa que no pueda hacer daño. Que entendamos su historia no significa que tengamos que vivir dentro de sus consecuencias. Que podamos mirar el trauma de quien daña no puede implicar dejar de proteger a quien está siendo dañado.

Aquí me interesa mucho esa idea que recogen algunos libros actuales sobre trauma: no es un monstruo, es una herida. Me parece una frase valiosa si nos ayuda a no deshumanizar, a entender que muchas conductas vienen de lugares profundamente dañados, a mirar más allá de la etiqueta. Pero también creo que necesitamos completarla con una segunda parte: una herida no exime de responsabilidad. Una herida no da derecho a someter. Una herida no justifica que otra persona tenga que desaparecer para que el vínculo sobreviva.

Porque esa es una de las grandes claves: en muchos vínculos de maltrato, la persona no solo sufre por lo que ocurre, sino por lo que tiene que hacer consigo misma para poder seguir ahí.

Tiene que dudar de su percepción. Tiene que rebajar la gravedad. Tiene que explicar al otro antes de sentirse a sí misma. Tiene que anticipar el gesto, el tono, el silencio, la retirada, la explosión. Tiene que vivir pendiente del clima emocional de la otra persona. Y poco a poco, su estar en el mundo empieza a depender de algo externo, inestable y peligroso.

“Yo estoy según el día del otro”.

Esta frase resume mucho. Y es importante diferenciarla de lo que ocurre en vínculos sanos. En una relación segura también nos afecta el estado emocional de la otra persona. Si alguien a quien quiero tiene un mal día, puedo sentirme triste, preocupada, tocada. Puedo decidir acompañar, tener paciencia, acercarme o esperar. Eso forma parte de la vida compartida. Eso puede ser corregulación.

Pero la corregulación no exige desaparecer. No exige vivir en alerta. No exige renunciar a mi criterio para sostener el ánimo del otro. No exige que mi cuerpo esté escaneando permanentemente si hay peligro.

Cuando mi sistema se organiza alrededor del estado de la otra persona, cuando mi tranquilidad depende de que no se enfade, no se aleje, no me castigue, no explote o no me retire el amor, ya no estamos hablando solo de sensibilidad vincular. Estamos hablando de supervivencia.

Y en supervivencia no elegimos igual. No pensamos igual. No recordamos igual. No sentimos igual. El cuerpo prioriza seguir a salvo, aunque esa seguridad sea mínima, aunque sea una seguridad muy precaria, aunque desde fuera parezca contradictorio. Por eso muchas veces una persona puede decir “sé que esto me hace daño” y, al mismo tiempo, no poder salir. No porque mienta. No porque no quiera. Sino porque hay partes internas funcionando con lógicas distintas: una parte ve, otra espera; una parte quiere irse, otra teme destruirlo todo; una parte está agotada, otra sigue buscando la escena reparadora.

Y aquí aparece la indefensión, que para mí merece un lugar aparte.

La indefensión no es simplemente “no puedo”. Es algo más profundo. Es la sensación de que haga lo que haga, nada cambia. He hablado, he callado, he esperado, he explicado, he perdonado, he puesto límites, he retirado límites, he intentado hacerlo mejor, he intentado no activar, he intentado comprender, he intentado no sentir tanto. Y aun así, el fondo del vínculo sigue igual.

Cuando esto se repite, la persona empieza a perder agencia. Ya no siente que su acción tenga efecto sobre su vida. Y entonces puede quedarse esperando algo muy doloroso: que sea la propia persona que la dañó quien por fin vea el daño, quien lo nombre, quien lo repare, quien autorice la salida.

Como si el dolor solo fuera legítimo cuando el otro lo reconoce.

Y esta es una de las trampas más humanas y más crueles de estos procesos. Porque claro que necesitamos reconocimiento. Claro que necesitamos que alguien vea lo que hemos vivido. Claro que duele irse sin justicia, sin una conversación suficiente, sin una reparación clara. Pero a veces esa reparación no va a llegar de quien dañó. A veces no habrá una escena final donde todo se ordene. A veces la persona tendrá que empezar a recuperar su vida antes de que el otro pueda reconocer nada.

Y eso no se hace desde la fuerza. Se hace, muchas veces, desde un hilo muy pequeño de realidad.

Un hilo que dice: “aunque todavía le quiera, esto me daña”.
Un hilo que dice: “aunque tenga pena, no puedo seguir desapareciendo”.
Un hilo que dice: “aunque él o ella también sufra, yo también existo”.
Un hilo que dice: “aunque no pueda irme hoy, necesito empezar a creerme”.

En consulta, muchas veces el síntoma aparece justo ahí. La ansiedad, el llanto, el bloqueo, el insomnio, la rabia, el cansancio extremo, la sensación de no poder más. Y no siempre me gusta leerlo como un fallo. A veces el síntoma es el indicador de que todo lo que la persona construyó para adaptarse a ese contexto ya no funciona. Que el cuerpo no puede seguir sosteniendo una versión de la realidad que le exige traicionarse.

A veces desregularse es el último intento del sistema de regularse.

No lo digo para romantizar el sufrimiento. No hay nada romántico en romperse. Lo digo porque muchas veces el cuerpo rompe por donde la conciencia todavía no puede decir basta. Y si escuchamos el síntoma con cuidado, quizá no está diciendo “estás mal”, sino “así ya no puedes seguir”.

Por eso salir de un vínculo donde ha habido maltrato no es solo cortar contacto, separarse o tomar una decisión. A veces eso será necesario, incluso urgente, especialmente si hay riesgo. Pero psicológicamente salir también implica recuperar realidad, recuperar cuerpo, recuperar rabia, recuperar criterio, recuperar red, recuperar la posibilidad de sentir que una tiene derecho a existir fuera de la lógica del daño.

Es poder diferenciar amor de miedo. Cuidado de sometimiento. Paciencia de anulación. Empatía de autoabandono. Esperanza de repetición. Intensidad de vínculo. Culpa de responsabilidad. Reparación de dependencia.

Y esto requiere acompañamiento. No un acompañamiento que empuje, juzgue o simplifique. Tampoco uno que se quede únicamente en comprender todas las partes sin proteger a la persona que está dañada. Requiere una presencia capaz de sostener la ambivalencia sin perder el criterio. Capaz de entender las defensas sin convertirlas en identidad. Capaz de mirar la herida sin justificar la violencia. Capaz de respetar los tiempos sin olvidar el riesgo.

Hay autoras y autores que nos ayudan a pensar todo esto. Judith Herman, cuando coloca el trauma en un marco relacional, social y político, y recuerda que la recuperación no empieza por removerlo todo, sino por recuperar seguridad. Evan Stark, cuando habla de control coercitivo y nos ayuda a entender que el maltrato no es solo el episodio visible, sino una estructura de dominio que va reduciendo la libertad de la persona. Lenore Walker, con sus aportaciones sobre el ciclo de la violencia y la indefensión aprendida. Bessel van der Kolk, al poner sobre la mesa que el trauma no ocurre solo en la narrativa, sino también en el cuerpo, aunque conviene leerlo siempre con mirada crítica y no como una explicación total de todo. Janina Fisher, cuando trabaja con las partes fragmentadas y nos ayuda a comprender que dentro de una misma persona pueden convivir deseos, defensas y miedos aparentemente contradictorios. Lundy Bancroft, cuando insiste en mirar la responsabilidad de quien ejerce abuso y no desplazar todo hacia la herida o la dificultad emocional.

No necesitamos convertir la experiencia en teoría para legitimarla. Pero a veces la teoría ayuda a ordenar lo que durante mucho tiempo fue confusión. Ayuda a decir: esto que me pasa tiene sentido. Esto que hice para sobrevivir tuvo una función. Esto que ahora me duele quizá antes me protegió. Pero que algo haya tenido sentido no significa que tenga que seguir organizando mi vida.

Donde hubo maltrato, muchas veces no solo se dañó el vínculo. Se dañó la confianza en la propia percepción. Se dañó la capacidad de elegir desde dentro. Se dañó el derecho a enfadarse. Se dañó la sensación de que una puede salir, pedir ayuda, ser creída, volver a estar en el mundo sin vivir pendiente del peligro.

Y quizá por eso la recuperación no consiste solo en “superarlo”. Consiste en volver a habitarse. Volver a reconocerse. Volver a sentir que el cuerpo propio no es un lugar enemigo. Volver a tener una voz que no tenga que pedir permiso al daño para existir.

Salir no siempre empieza con una puerta cerrándose.

A veces empieza mucho antes, en un lugar casi imperceptible: cuando una parte de ti, por pequeña que sea, empieza a decir la verdad.

Bibliografía que acompaña esta mirada

Herman, Judith. Trauma y recuperación.

Stark, Evan. Coercive Control: How Men Entrap Women in Personal Life.

Walker, Lenore E. The Battered Woman Syndrome.

Van der Kolk, Bessel. El cuerpo lleva la cuenta.

Fisher, Janina. Sanar las partes fragmentadas del yo de los supervivientes de trauma.

Bancroft, Lundy. Why Does He Do That? Inside the Minds of Angry and Controlling Men.

López Pavón, Raquel. No es un monstruo, es una herida.